No se trata solo de un vestigio bélico: es una cápsula del tiempo excavada en la roca, un espacio donde la historia aún respira en las paredes de ladrillo visto y en los grafitos que dejaron quienes buscaron allí protección.
El Refugio antiaéreo de la posición Saldón en Alcohete, memoria bajo tierra del Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha
En el corazón de la provincia de Guadalajara, allí donde el paisaje se ondula entre pinares y silencios, la tierra guarda secretos. Bajo la superficie, a varios metros de profundidad, late una arquitectura invisible que fue concebida para resistir el estruendo de la guerra. El Refugio antiaéreo de la posición Saldón en Alcohete, situado en el término municipal de Yebes, es hoy uno de los testimonios más sobrecogedores del Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha.

Un refugio nacido en plena Guerra Civil
Corría el año 1937 cuando, por orden de Cipriano Mera, se levantó este complejo subterráneo como parte de la denominada “Posición Saldón”, enclave estratégico vinculado al Cuartel General del IV Cuerpo de Ejército republicano. La Guerra Civil Española avanzaba con crudeza y el frente de Guadalajara se convertía en pieza clave dentro de la ofensiva sobre Madrid.
Tras los intentos fallidos del ejército sublevado por tomar la capital, el conflicto se recrudeció en episodios como la Batalla de Guadalajara, iniciada el 8 de marzo de 1937. En ese contexto de bombardeos constantes, el mando republicano decidió trasladar su cuartel a un lugar más seguro: el antiguo sanatorio antituberculoso de Alcohete. Allí, a pocos kilómetros de la ciudad de Guadalajara, comenzó la excavación de un refugio que debía garantizar la continuidad de las operaciones militares incluso bajo el fuego enemigo.
El resultado fue una obra de ingeniería sobria y eficaz, concebida no para la monumentalidad, sino para la supervivencia.
Arquitectura subterránea: ingeniería contra la devastación
El Refugio antiaéreo de Alcohete responde a los patrones de construcción desarrollados en Europa tras la Primera Guerra Mundial. La experiencia de los bombardeos masivos había obligado a perfeccionar sistemas de protección subterránea capaces de resistir proyectiles de artillería y bombas aéreas.
Excavado a unos diez metros de profundidad —aunque en algunos tramos la cota varía por la irregularidad del terreno—, el refugio fue diseñado con criterios de máxima seguridad:
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Enterramiento suficiente para amortiguar explosiones de gran calibre.
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Refuerzo con estructuras intermedias de hormigón sobre galerías y estancias.
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Accesos estratégicamente diseñados y salidas de emergencia.
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Estancias sanitarias para la atención de heridos.
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Sistemas autónomos de ventilación y suministro eléctrico.
Nada en su diseño es casual. Cada quiebro en los pasillos, cada rampa descendente, cada bóveda responde a la necesidad de contener la onda expansiva de una explosión y preservar la vida en el interior.

Un laberinto bajo la tierra
El complejo se articula en torno a tres pasillos principales que dibujan una U de aproximadamente 27, 49 y 26 metros. Desde ese eje central se abren once cámaras, dos nichos y varios corredores secundarios que multiplican la sensación de encontrarse en un auténtico laberinto subterráneo.
El acceso más visible hoy es una gran escalera cubierta con bóveda de ladrillo, discretamente integrada en el paisaje. Al descender, el visitante recorre una galería de unos 45 metros de longitud, estrecha y quebrada, diseñada para frenar la violencia de cualquier explosión exterior.
Las galerías presentan bóvedas de cañón enlucidas con yeso blanco que arrancan sobre muros de ladrillo visto. En algunos puntos aún pueden apreciarse restos de la instalación eléctrica original y fragmentos de placas de madera. Los grafitos, trazados con lápiz o incisos en el yeso, añaden una dimensión humana al conjunto: nombres, fechas y señales de paso que conectan el presente con quienes habitaron ese espacio en tiempos convulsos.
Entre las estancias destaca la sala del transformador eléctrico, de mayores dimensiones y con una puerta metálica original todavía conservada. En su interior se mantiene parte de la maquinaria, y un pozo de casi doce metros actúa como uno de los escasos puntos de ventilación natural del conjunto.
En el núcleo central, una columna de hormigón sostiene el techo excavado en la roca, recordando que, aunque invisible desde el exterior, la obra exigió una planificación técnica rigurosa. Todo el conjunto está cuidadosamente rematado, lo que otorga al refugio una sorprendente armonía estética pese a su finalidad estrictamente militar.
Reconocimiento como Bien de Interés Cultural (BIC)
El 30 de noviembre de 2017, el Refugio antiaéreo de la posición Saldón en Alcohete fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC) con categoría de Monumento. Su catalogación oficial lo reconoce como:
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Figura de protección: Bien de Interés Cultural (BIC)
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Tipo: Bien Inmueble
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Categoría: Monumento
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Adscripción cultural: Edad Contemporánea
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Periodo: Siglo XX
Esta declaración garantiza su protección jurídica y lo incorpora de pleno derecho al mapa del Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha, subrayando su valor histórico, arquitectónico y testimonial.
Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha: memoria y conciencia
Hablar del Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha es pensar en castillos medievales, iglesias románicas o plazas mayores cargadas de historia. Sin embargo, también forman parte de ese legado los espacios de la memoria contemporánea, aquellos que narran los episodios más recientes y complejos de nuestro pasado.
El Refugio antiaéreo de Alcohete no es un monumento grandilocuente ni visible desde la distancia. Su grandeza reside precisamente en su condición oculta. Bajo la tierra de Yebes, este refugio conserva la huella de una época marcada por la incertidumbre y la resistencia.







