Hoy, 19 de agosto, se celebra el Día Mundial de la Fotografía. Una fecha que, para quienes llevamos años detrás de una cámara, no habla solo de imágenes bonitas, sino de memoria, mirada y oficio.
Mi relación con la fotografía empezó gracias a mis padres, que me regalaron una Werlisa réflex muy apañada. Con aquella cámara de carrete ya podía tocar la luz, probar ajustes y empezar a entender que una foto no era solo apretar un botón.
La fotografía, esa forma de contar la vida antes de que se escape.
Entonces no había pantalla para revisar al instante. Había que esperar. Terminar el carrete, llevarlo a revelar y volver a la tienda para descubrir qué había salido bien y qué había salido mal. Aprendí así: mirando errores, entendiendo fallos y celebrando cada foto que realmente tenía algo.
Después llegó lo digital y Photoshop, casi por necesidad. Quería quitar de mis fotos los tendidos eléctricos que se cruzaban en paisajes, calles y pueblos. Ese fue el primer motivo para aprender edición. Más tarde llegó Lightroom, el disparo en RAW y el revelado digital, otra forma de trabajar la luz, el color y la intención de cada imagen.
Algunos clientes todavía me miran raro cuando les digo que tengo que revelar las fotos que les he hecho. Les suena a carrete, a cuarto oscuro, casi a broma. Pero revelar una foto digital también es parte del trabajo: sacar de ese archivo todo lo que puede contar.
No soy de los que añoran lo antiguo. Al contrario. Respeto mucho aquella etapa de carrete, porque me enseñó paciencia, pero cada avance tecnológico me sigue sorprendiendo. Hoy uso a diario un iPhone 16 Pro y un iPhone 17 Pro Max, muchas veces antes incluso de sacar la Sony Alpha.
Durante años fui de Nikon. Ahora soy amante de Sony. Pero con el tiempo uno aprende que el equipo importa, sí, aunque la mirada no viene dentro de ningún equipo. Todavía.
En estos años la fotografía me ha llevado por muchos caminos: fotografía deportiva, donde el instante no espera; fotografía creativa, donde se juega con la idea; fotografía de estudio, donde la luz se construye; y desde hace unos cinco años, también la videografía, que añade ritmo, sonido y otra forma de contar.
En un medio como GUADARED, la imagen es parte esencial del relato. Una foto puede contar una fiesta de pueblo, un partido, una tradición, un paisaje herido, una mirada o un instante que quizá mañana ya no exista.
Por eso la fotografía sigue siendo necesaria.
Y tampoco soy de los que se asustan con la inteligencia artificial. No creo que venga simplemente a quitarnos el trabajo. Creo más bien que nos obliga a movernos, a aprender y a ser mejores. Igual que en su día pasamos del carrete al digital, de Photoshop a Lightroom o de la cámara al vídeo, ahora toca entender esta nueva herramienta. Los fotógrafos y videógrafos que sepan usarla con criterio no van a desaparecer: se van a convertir en superfotógrafos y supervideógrafos, con más recursos para imaginar, producir y contar.
Porque no va solo de cámaras, marcas, megapíxeles, filtros o tecnología. Va de mirar. De esperar. De equivocarse. De aprender. De aprovechar cada herramienta sin complejos. Y, sobre todo, de contar la vida antes de que se escape.
Roberto Ibeas







