Artículo de opinión por Francisco Larrad, La España Vacia(da)
Hay algo profundamente ofensivo en escuchar a un político presumir de una ley “pionera y única en Europa” mientras cientos de pueblos de Castilla-La Mancha siguen viendo cómo baja la persiana del último comercio, cómo desaparecen servicios y cómo los jóvenes continúan marchándose porque no encuentran futuro. Más ofensivo aún cuando quien presume lo hace sin aportar un solo dato serio, sin una sola cifra concreta, sin una evaluación pública independiente y sin responder a la pregunta esencial:
¿de verdad ha servido para algo la Ley contra la Despoblación más allá del titular y la propaganda institucional?
Porque uno escucha a Pablo Bellido y parece que vivimos una edad dorada del medio rural.
“Los ciudadanos del mundo rural de Castilla-La Mancha son los que menos impuestos pagan de toda España”. “Permite fiscalidad privilegiada”.
“Encuentran puestos de trabajo gracias al emprendimiento”.
“HEMOS TAPADO LA SANGRÍA DE LA PÉRDIDA DE POBLACIÓN EN COMARCAS COMO EL SEÑORÍO DE MOLINA DE ARAGÓN O LA SIERRA NORTE”.
Y uno se pregunta: ¿dónde están los datos?
Porque no basta con repetir frases grandilocuentes delante de una cámara del medio de comunicación GuadaTV o en una inauguración institucional. No basta con envolverse en palabras como “pionera”, “única” o “histórica”. No basta con decir que “quisiera tenerla todo el mundo”. La política seria exige pruebas. Exige transparencia. Exige resultados medibles. Y sobre todo exige respeto a la inteligencia de la gente.
La España rural no puede seguir siendo utilizada como escenario de marketing político.
Resulta especialmente llamativo que Bellido critique “el despotismo ilustrado” de leyes “teledirigidas desde el ámbito nacional” que “no conectan con las necesidades de la sociedad”, mientras precisamente él forma parte de una maquinaria política que lleva años gobernando y que sigue sin resolver los problemas estructurales del medio rural.
Porque la pregunta incómoda es inevitable: si existe tanta sensibilidad, tanta escucha y tanta conexión con el territorio,
¿por qué siguen faltando médicos?
¿Por qué cuesta encontrar vivienda?
¿Por qué siguen cerrando negocios?
¿Por qué hay municipios donde el envejecimiento avanza a un ritmo dramático?
¿Por qué tantos jóvenes siguen entendiendo que su futuro está fuera?
El problema es que en España hemos convertido la despoblación en un concepto propagandístico.
La realidad no desaparece porque se maquille con discursos triunfalistas.
Y aquí es donde conviene separar dos cosas: una ley puede tener buenas intenciones y aun así fracasar en su aplicación real. Puede contener medidas interesantes sobre el papel y convertirse después en un catálogo de anuncios sin impacto profundo. Porque bajar impuestos no garantiza automáticamente fijar población. Dar ayudas tampoco asegura desarrollo sostenible. Y hablar de emprendimiento rural queda muy bien en una rueda de prensa, pero la vida real empieza cuando alguien intenta abrir un negocio en un pueblo sin cobertura, sin transporte, sin vivienda asequible para trabajadores y con servicios cada vez más debilitados.
El problema de fondo es que la política actual parece obsesionada con construir relatos antes que soluciones.
Y Bellido ha construido uno muy cómodo: Castilla-La Mancha lidera la lucha contra la despoblación, Guadalajara crece, las comarcas frenan la caída demográfica y todo gracias a una ley visionaria. El problema es que la realidad es bastante más compleja. Guadalajara crece, sí, pero crece fundamentalmente por el corredor del Henares y por el efecto arrastre de Madrid.
No porque Molina de Aragón viva una explosión demográfica. No porque la Sierra Norte de Guadalajara esté recuperando población joven masivamente. Utilizar el crecimiento global de la provincia para vender una recuperación homogénea del medio rural es directamente engañoso.
Porque cualquiera que conozca de verdad esos territorios sabe perfectamente que la situación sigue siendo delicada.
Una política instalada en la autocomplacencia, incapaz de aceptar críticas y acostumbrada a confundir propaganda con gestión.
Y no, inaugurar un parque de bomberos no cambia el paradigma demográfico. Ni abrir una unidad sanitaria concreta revierte décadas de abandono territorial. Son medidas positivas, por supuesto. Necesarias. Pero no son la revolución rural que nos intentan vender.
El problema es que en España hemos convertido la despoblación en un concepto propagandístico. Todos hablan de ella. Todos organizan congresos. Todos anuncian estrategias. Pero pocos pisan los pueblos sin fotógrafos delante. Pocos entienden que el gran drama rural no es únicamente económico: es emocional, social y político. Es la sensación permanente de que los territorios alejados de los grandes núcleos urbanos importan menos. De que siempre llegan tarde. De que siempre reciben migajas envueltas en titulares triunfalistas.
Y ahí es donde declaraciones como las de Bellido generan tanta irritación.
Porque cuando alguien afirma con solemnidad que “HEMOS TAPADO LA SANGRÍA DE LA PÉRDIDA DE POBLACIÓN EN COMARCAS COMO EL SEÑORÍO DE MOLINA DE ARAGÓN O LA SIERRA NORTE”, lo mínimo exigible es demostrarlo con cifras claras, comparativas y verificables. No con eslóganes. No con frases preparadas para el corte televisivo. No con propaganda institucional financiada con dinero público.
La España rural merece mucho más que eso.
Merece políticos que hablen menos y expliquen más. Que comparezcan con datos reales. Que admitan errores. Que reconozcan límites. Que entiendan que gobernar no consiste en construir un relato permanente de éxito mientras la realidad cotidiana sigue llena de carencias.
Porque quizá el verdadero problema no sea “el despotismo ilustrado” que Bellido denuncia. Quizá el verdadero problema sea otro: una política instalada en la autocomplacencia, incapaz de aceptar críticas y acostumbrada a confundir propaganda con gestión.
Y eso sí que es peligroso para el mundo rural.
Porque mientras los dirigentes se felicitan entre ellos, los pueblos siguen esperando soluciones reales.
Y la pregunta continúa ahí, intacta, incómoda y cada vez más urgente:
¿REALMENTE LA ESPAÑA RURAL MERECEMOS ESTO?
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