Fernando Dávila lleva Casa Claudio a un acrílico sobre lienzo y retrata un rincón de Guadalajara donde hay vermús, Mahou verde muy fría, tortilla, música, baile y mucha vida.
Casa Claudio: la Guadalajara que Fernando Dávila pintó este domingo
GuadaRed | EDITORIAL
Hay sitios a los que entras una vez y ya no sales del todo. Se quedan contigo. Por una canción, por una conversación, por el aperitivo de tortilla de patata, por la gente que allí conociste o, simplemente, porque un buen día descubriste que El Clau también era un poco tu casa.
Eso le pasó hace ya más de tres años a Fernando Dávila.
El pintor de Espinosa de Henares entró en Casa Claudio y algo le atrapó. Tanto, que este domingo decidió llevar aquel rincón de Guadalajara al lienzo durante el XXVII Concurso Nacional de Pintura Rápida al Aire Libre Ciudad de Guadalajara.
El resultado es un acrílico sobre lienzo que tiene como protagonista a una taberna, sí. Pero también a una forma de entender la ciudad.
Porque Casa Claudio no se mira solamente. Se vive.

Guadalajara también se pinta a pie de barra
Guadalajara amaneció este domingo con caballetes en sus calles, pinceles en las manos y lienzos abiertos frente a algunos de sus rincones más reconocibles.
Treinta y un artistas llegados de distintos puntos de España se repartieron por la capital para pintar su propia versión de la ciudad durante unas horas. La monumental, la histórica, la de los tejados, las plazas, los parques y las fachadas.
Pero Fernando Dávila eligió otra Guadalajara.
La que huele a bar y a cerveza fría.
La que se encuentra alrededor de una mesa.
La que tiene música.
La que, cuando entras, te hace pensar: «Aquí conozco a alguien».
Su elección fue Taberna Casa Claudio, a los pies de la torre de la Concatedral de Santa María, prácticamente asomada al barrio del Alamín.
Y quizá no podía haber elegido mejor.
El Clau: un sitio que no te deja indiferente
Porque Casa Claudio es uno de esos lugares que tienen algo difícil de explicar.
Puedes entrar por primera vez y sentir que llevas allí toda la vida.
La taberna vive un momento especialmente animado y ha ampliado también su propuesta a los vermús, convirtiendo las mañanas y el mediodía en otra buena excusa para acercarse hasta allí.
Y hay una cosa que merece capítulo propio: la tortilla de patata.
La de Casa Claudio tiene sus propios fieles. De esas que se comentan entre parroquianos, se recomiendan a quien todavía no la ha probado y terminan formando parte del ritual de volver.
Pero cuidado, porque en “Claudio” también se baila.
Y aquí aparece otra de las señas de identidad del lugar: Sergio Montes Congostrina y su gusto musical.
Si uno espera encontrarse simplemente con la típica música de una taberna, puede llevarse una sorpresa. Sergio tiene criterio, personalidad y una banda sonora propia. Y eso se nota.
En Casa Claudio puede ocurrir cualquier cosa: una tortilla, un vermú, una conversación que se alarga, una canción que te devuelve a otra época y, de repente, alguien empieza a bailar.
Es un sitio que no te deja indiferente.

Fernando Dávila y aquel primer día en El Clau
Por eso tiene sentido que Fernando Dávila haya terminado pintando Casa Claudio.
Porque su relación con el lugar no empezó este domingo, delante de un caballete.
Empezó hace más de tres años, cuando entró por primera vez en la taberna.
Desde aquel día, El Clau le atrapó.
Quizá por el ambiente. Quizá por la gente. Quizá por esa mezcla de música, conversación y vida cotidiana que hace que determinados lugares tengan una energía diferente.
O quizá por todo a la vez.
Lo cierto es que, cuando llegó el momento de decidir qué rincón de Guadalajara quería convertir en pintura, Dávila no necesitó buscar demasiado.
Volvió la mirada hacia un lugar que ya conocía.
El Casa Claudio.
Una taberna que también es casa
A los pies de Santa María, la taberna Casa Claudio lleva años formando parte de la memoria de Guadalajara. Por allí han pasado generaciones, amigos, vecinos, parejas, pandillas y parroquianos de los de toda la vida.
Sus mesas han visto conversaciones interminables, risas, reencuentros y esos momentos que parecen pequeños cuando suceden, pero que después terminan formando parte de nuestros recuerdos.
Ahora, con Sergio Montes Congostrina al frente, el establecimiento mantiene esa personalidad tan suya y, al mismo tiempo, mira hacia adelante.
Porque El Clau está vivo.
Tiene sus vermús, su tortilla, su música, sus bailes y, sobre todo, su gente.
Y eso es probablemente lo que Fernando Dávila vio aquel primer día.

La Guadalajara que se encuentra, no la que se busca
Hay una Guadalajara monumental que todos conocemos.
Y luego está esta otra.
La que no aparece necesariamente en las guías turísticas. La que se descubre entrando en un bar, sentándose en una mesa y dejando que pase la tarde.
La que sabe dónde tomar algo.
La que reconoce una canción en cuanto suena.
La que tiene lugares donde sabes que, tarde o temprano, te vas a encontrar con alguien que te hace mogollón de ilusión encontrar.
Y os lo dice esta parroquiana que escribe.
El Claudio es casa.
Casa para quien lleva allí media vida y casa también para quien acaba de llegar y, casi sin darse cuenta, encuentra su sitio.
Por eso el acrílico sobre lienzo de Fernando Dávila tiene algo más que una fachada, unas mesas o un rincón de Guadalajara.
Tiene memoria.
Tiene música.
Tiene gente.
Tiene historias.
Y tiene ese extraño poder de los lugares que consiguen que una ciudad no sea solamente el sitio donde vives, sino el lugar al que sabes que siempre puedes volver.
Quizá esa sea la mejor manera de explicar por qué Casa Claudio también merecía estar en un lienzo.

Porque hay lugares que se pintan con pinceles. Y otros que, antes de llegar al cuadro, ya se habían quedado pintados en la memoria.
Fotos: Mónica de Andrés y Lorena

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