El pasado 28 de mayo, el Gobierno de Castilla-La Mancha presentó su campaña de prevención y extinción de incendios forestales para 2026. El titular era contundente: 126 millones de euros, 2.700 profesionales y un despliegue de medios capaz de afrontar varios incendios simultáneamente.
La pregunta que muchos vecinos de la Sierra Norte de Guadalajara y de otros puntos como el Alto Tajos, e hacen es otra: ¿cuánto de ese dinero se destina realmente a evitar que los incendios ocurran?
La política forestal española lleva demasiado tiempo obsesionada con apagar incendios y demasiado poco tiempo preocupada por evitar que empiecen.
Porque el 28 de mayo ya no es prevención. El 28 de mayo es prácticamente campaña de verano. El monte ya está seco. Las temperaturas empiezan a dispararse. El combustible vegetal lleva meses acumulándose. Lo que debía hacerse para prevenir los incendios tendría que haberse realizado durante el invierno.
La lucha contra el fuego no se gana cuando despega un helicóptero. Se gana meses antes, cuando una cuadrilla limpia una masa forestal, cuando se recupera un camino, cuando se mantiene un cortafuegos o cuando un rebaño de ovejas elimina toneladas de combustible natural mientras pasta.
Pero de eso se habla poco.
En Guadalajara ya hemos tenido dos incendios importantes cuando el verano prácticamente acaba de comenzar. El año pasado, el entorno del Pico del Lobo sufrió uno de los episodios más preocupantes que se recuerdan en la provincia. Sin embargo, seguimos escuchando anuncios millonarios centrados principalmente en la extinción y cada vez menos noticias sobre la recuperación de los oficios que históricamente protegieron nuestros montes.
Porque durante décadas hemos cometido el mismo error: expulsar del territorio a quienes mejor lo conocían.
Han desaparecido pastores. Han desaparecido pequeños ganaderos. Han desaparecido aprovechamientos forestales tradicionales. Han desaparecido familias enteras que vivían del monte y para el monte. Y con ellos se ha ido una parte esencial de la prevención.
Porque cuando vemos las llamas ya hemos llegado tarde; la verdadera batalla contra los incendios se libra meses antes, cuando nadie mira y ninguna cámara está presente.
Y resulta llamativo que mientras la Junta presenta campañas millonarias contra los incendios, el propio consejero de Agricultura, Julián Martínez Lizán, visitaba hace apenas unos días un curso de la Escuela de Pastores en Molina de Aragón acompañado por el delegado provincial de Agricultura, Santos López, además de otros cargos institucionales. Una iniciativa positiva, sin duda. Nadie puede cuestionar la importancia de formar nuevos profesionales para la ganadería extensiva.
Pero la realidad obliga a plantear una pregunta incómoda: si todos coinciden en que el pastoreo es una herramienta estratégica para el futuro del medio rural, ¿por qué sigue desapareciendo a marchas forzadas?
Porque una cosa es visitar una explotación durante una mañana, escuchar las explicaciones de un pastor y hacerse la fotografía de rigor. Otra muy distinta es garantizar que dentro de diez años sigan existiendo suficientes rebaños para mantener limpios los montes de Guadalajara.
Los datos oficiales hablan de 66 contrataciones desde 2022 y 510 alumnos formados. Son cifras que merecen reconocimiento. Pero cuando uno recorre las comarcas de Molina de Aragón, la Sierra Norte o el Señorío, la sensación es otra: cada año hay menos explotaciones, menos pastores y más monte abandonado.

La prevención de incendios no debería depender únicamente de helicópteros de última generación. También debería depender de que esos alumnos encuentren un futuro digno, de que los ganaderos no cierren sus explotaciones y de que el pastoreo deje de ser un oficio heroico para convertirse en una actividad viable.
Porque el mejor cortafuegos de Guadalajara no lleva rotor ni depósito de agua. Tiene cuatro patas, produce lana y lleva siglos demostrando su eficacia.
El mejor cortafuegos de Guadalajara no lleva rotor, ni combustible, ni millones de euros en inversión: tiene cuatro patas, pasta cada día y lleva siglos demostrando su eficacia.
Ahora algunos responsables políticos visitan campamentos de esquileo, explotaciones ganaderas o encuentros relacionados con el pastoreo. Llegan con la mejor de las intenciones, posan para la fotografía, escuchan durante unos minutos las reivindicaciones del sector y regresan a sus despachos.
Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿cuántos volverán cuando no haya cámaras?
Porque la realidad del mundo rural no cabe en una fotografía institucional. El olor de una nave de esquileo, el polvo de una cañada, el esfuerzo de una jornada detrás de un rebaño o las noches vigilando el ganado no suelen formar parte de los discursos oficiales. Lo rural gusta mucho para las campañas de imagen, pero mucho menos cuando exige compromisos a largo plazo.
Mientras tanto, los montes siguen acumulando combustible.
Y aquí aparece la gran contradicción de nuestro tiempo. Gastamos millones en apagar incendios, pero dejamos desaparecer a quienes los evitaban de forma natural. Las ovejas limpian el monte todos los días del año. Los pastores generan auténticos cortafuegos vivos. La ganadería extensiva reduce biomasa de forma continua. Sin embargo, estos profesionales siguen luchando contra la burocracia, la falta de rentabilidad y el abandono institucional.
Es difícil no preguntarse si estamos atacando las consecuencias en lugar de las causas.
Nadie discute la necesidad de helicópteros, aviones anfibios, brigadas forestales o maquinaria pesada. Son imprescindibles. Pero cada euro invertido en apagar incendios debería ir acompañado de una apuesta igual de firme por evitarlos.
Un helicóptero apagando llamas abre telediarios; un pastor limpiando monte evita la tragedia, pero casi nunca sale en la foto
Porque cuando vemos las llamas ya hemos llegado tarde.
El cambio climático agrava el problema. Las olas de calor son más frecuentes. Los veranos son más largos. Las condiciones son cada vez más extremas. Pero precisamente por eso resulta incomprensible que no se refuerce con la misma intensidad la gestión activa del territorio durante todo el año.
La verdadera prevención no hace ruido. No sale en los informativos. No genera imágenes espectaculares. Un rebaño pastando no tiene el impacto visual de un helicóptero descargando miles de litros de agua. Pero probablemente sea mucho más eficaz para evitar que ese helicóptero tenga que despegar meses después.

Quizá ha llegado el momento de cambiar el enfoque. De dejar de medir el éxito por el número de medios desplegados cuando el fuego ya existe y empezar a medirlo por las hectáreas gestionadas durante el invierno. Por el número de pastores que permanecen en activo. Por las explotaciones ganaderas que sobreviven. Por los pueblos que siguen teniendo vecinos capaces de cuidar el territorio los 365 días del año.
Porque la mejor campaña contra incendios no es la que moviliza más helicópteros.
Es la que consigue que nunca tengan que despegar.
Quizá el problema es que el pastoreo no genera titulares espectaculares. Un rebaño limpiando monte durante doce meses apenas ocupa una fotografía en una nota de prensa. Un helicóptero descargando agua sobre un incendio abre telediarios. Sin embargo, el primero evita el fuego y el segundo llega cuando ya estamos perdiendo la batalla.
La política forestal española lleva demasiado tiempo obsesionada con apagar incendios y demasiado poco tiempo preocupada por evitar que empiecen.
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